16/10/17 Cuentos chinos # , , , ,

Gran Canaria se ha llenado de limones enteros

Después de presentar en septiembre El chico de los limones (que se pudran las medias naranjas) en Madrid, el viernes 13 de octubre tuve el enorme placer de hablar sobre el libro en Arucas, mi ciudad natal. Allí, más de un centenar de personas acudieron al encuentro que, junto a la Librería Yaya, había organizado en la Biblioteca Municipal con la colaboración del Ayuntamiento de Arucas.

Igual que en la ocasión anterior, hablé sobre mi pasión por la escritura, sobre mi historia, sobre la historia del libro, sobre esta gran experiencia que está siendo El chico de los limones (que se pudran las medias naranjas). Tras finalizar, los allí presentes pudieron saciar sus dudas con una ronda de preguntas de todo tipo.

Y como una imagen vale, aquí tienen algunas de las fotografías que se hicieron durante la presentación. ¡Muchas gracias a todos los que asistieron! Esto es, espero, sólo el principio.

 

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Gran Canaria se ha llenado de limones enteros
05/10/17 Cuentos chinos # , , ,

Así fue la presentación de «El chico de los limones (que se pudran las medias naranjas)»

El 27 de septiembre, justo un año después de presentar la beca de Bifrutas que me ha permitido publicar El chico de los limones (que se pudran la media naranja), presenté el libro en Tipos Infames en compañía de amigos y conocidos.

Durante una hora y media, hablamos sobre la historia que me envuelve a mí, el chico de los limones, y sobre todo el proceso de creación del libro. A mi lado, estaban Sergio Barreda, quien ha estado presente durante todo este tiempo, y Carlos Quesada, el artista que se ha encargado de ilustrar el libro.

También quisieron aportar su granito de arena Ana, Nacho y Lucía, amigos que significan mucho para la historia del libro, cada uno por diferentes razones. Se encargaron de leer, junto a mí, poemas de un capítulo, mi favorito de todo el libro. Y, como no podía ser de otra forma, desde Gran Canaria llegó Núria para leer el prólogo que, junto a Nacho, se encargó de escribir hace ya más de un año.

Ahora, una semana después, sólo me queda darles las gracias a todas las personas que dedicaron una parte de su tiempo a escuchar lo que tenía que decir. Esto es sólo el principio, y me alegra saber que estoy rodeado de gente tan importante para mí.

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¡Pero ésta no ha sido la única presentación! El 13 de octubre, estaré a las 19:30 en el Centro Cultural de Arucas (C/ León y Castillo 5), mi ciudad natal, para presentar, una vez más, el libro, organizado por Librería Yaya en colaboración con la Biblioteca Municipal y el Ayuntamiento. Si quieren ir, están más que invitados. Hasta entonces, que se pudran las medias naranjas; busquen limones enteros.

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Así fue la presentación de «El chico de los limones (que se pudran las medias naranjas)»
24/08/17 Cuentos chinos # , ,

Las canciones que inspiraron «El chico de los limones (que se pudran las medias naranjas)»

Hace dos años, después de una época un tanto extraña, empecé a escribir como nunca antes lo había hecho. Mi principal hobby, y también mi sueño, se convirtió en una forma de desahogo inesperada, permitiéndome darle un sentido a todo lo que sentía y no sabía cómo expresar.

En más de una ocasión, me han preguntado cómo hago para escribir mis poemas, para darles forma y, sobre todo, un significado, y siempre he dado la misma respuesta: «De lo que pienso y, especialmente, de lo que siento». Pero hay algo más, y es una selección de canciones que me llevan a desconectar de lo que me rodea, a buscar dentro de mí mismo y a autodestruirme para, a través de las palabras, volver a ser yo.

Hoy, comparto por primera vez la lista de reproducción que me he acompañado durante los casi tres años que ha durado la creación de El chico de los limones (que se pudran las medias naranjas)canciones que han logrado que, entre la oscuridad, haya conseguido ver la luz: mi primer libro.

Hay dos canciones que han jugado un papel fundamental en el desarrollo de esta historia, pero no aparecen en Spotify. Éstas son Have No Fear (Bird York) y Some Other Place (Arcade Fire).

Nota: recomiendo encarecidamente que, si un día te aventuras a leer El chico de los limones (que se pudran las medias naranjas), lo hagas con estas canciones de fondo.
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Las canciones que inspiraron «El chico de los limones (que se pudran las medias naranjas)»
22/03/17 Cuentos chinos # , , ,

El problema de los canarios con los peninsulares

Ser canario no es fácil. Los peninsulares tienden a pensar que sí, porque, claro, vivimos con un clima estupendo y allí, en la España remota, alejados de la civilización, la vida no puede ir mal. En sus cabezas, resuena una y otra vez la idea de que vivimos en la playa y no existe mundo más allá de eso. Lo de estudiar o trabajar ya en otro momento.

Cuando un canario toma la decisión de irse a vivir a la península, lo hace a sabiendas de que difíciles retos llegarán. Lo hace porque es valiente y es consciente de que, pese a la bonita vida que tiene entre arena y sal, las oportunidades fuera son mucho mayores. Un canario no abandona las islas por placer o necesidad, sino por obligación –más o menos-, y los peninsulares no hacen nada por ayudar.

El primer problema al que se enfrenta un canario es al de explicar de dónde viene. Por extrañas circunstancias, el peninsular medio no sabe distinguir. Puedes explicarle una y otra vez, pero, para él, será como si le hablases a una pared. Oídos sordos. La conversación estándar es la siguiente:

—Ay, ¡yo tengo un amigo que es de Las Palmas!

—¿De qué isla? Que Las Palmas es una provincia, y son tres islas.

—De Canarias, creo.

—Canarias es la Comunidad Autónoma, y son siete islas.

—Creo que de Las Palmas de Gran Canaria.

—Las Palmas de Gran Canaria es la capital de Gran Canaria, y también de la provincia de Las Palmas: Gran Canaria, Lanzarote y Fuerteventura.

—Ah, pues de Gran Canarias, creo.

—Gran Canaria. Sin la «s».

De verdad, no es tan difícil

Con las lecciones de geografía apartadas, porque no tiene sentido luchar por causas que están más que perdidas, llega el momento de enfrentarse a la conversación diaria. A este problema se enfrenta cualquier persona que esté en una Comunidad Autónoma que no sea la suya, pero el canario lo sufre con intensidad.

—Chacha, déjame un buche agua, que estoy to’ añurgao.

Nadie responde, porque no hay forma humana de entender el mensaje que esconden las palabras de un canario que da por hecho que el peninsular medio tiene que entender lo que dice. Por eso, aquí va una lección rápida de palabras o expresiones que puede utilizar con frecuencia un canario medianamente joven:

Si dominas estas palabras y expresiones, te convalidamos un B1 en canario

Luego podemos encontrar otras situaciones que te hacen replantearte si el ser humano es, realmente, una especie evolucionada. Los peninsulares, normalmente, piensan que son graciosos al hacer algunas bromas, pero no. Veamos algunos ejemplos:

—Soy canario.

—¿Me vas a tratar de «usted»? Jajaja.

—No.

Nota aclaratoria: decir «ustedes» y no «vosotros» no implica que tengamos respeto hacia todas las personas. Eso se gana.

 

—Soy canario.

—Ay, el muyayo. Jajaja.

—No.

Nota aclaratoria: «ch» y no es lo mismo que «y», y no sabemos de dónde ha salido eso de que estamos siempre diciendo «muchacho».

 

—¿Me dejas un trozo de dulce, por favor?

—¿Me lo vas a devolver? Jajaja.

—No.

Nota aclaratoria: «dejar» no es «devolver». Fin.

 

—Soy canario.

—De África. Jajaja. Inmigrante. Jajaja.

—No.

Nota aclaratoria: Canarias es España, no África, en general, y, aunque lo fuese, no sería motivo de burla u ofensa.

 

—Soy canario.

—Eres retrasado, una hora menos. Jajaja.

—No.

Nota aclaratoria: Canarias tiene la hora que le corresponde según su huso horario. Es la península quien tiene la hora adelantada.

A estas cosillas sin importancia, debemos sumarle los dramas del día a día de un canario: el frío, los precios, los billetes de avión, la ausencia de mar en muchas zonas de España… pero los peninsulares no tienen culpa de eso. O sí.

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El problema de los canarios con los peninsulares
01/02/17 Cuentos chinos # , , , ,

Mi experiencia en el gimnasio

No me gusta hacer ejercicio. Nunca me ha gustado. De pequeño, mi padre me decía que correr era de cobardes, y yo qué iba a hacer, salvo seguir su consejo. A él, evidentemente, tampoco le gusta, pero sí que se mueve más que yo. Aunque no es difícil, porque entre el movimiento de una planta y el mío poca diferencia hay, pero ya es algo.

Mi aversión por la vida activa comenzó en el colegio. Mi profesor de Educación Física, cuyo nombre no diré por respeto, nos preguntaba cada mañana qué habíamos desayunado. Para él, sólo existía una opción correcta: taza de leche, una rebanada de pan con aceite de oliva virgen extra –no le valía cualquier otro aceite- y una pieza de fruta. Yo, que por aquel entonces era poca cosa, intentaba lograr ese desayuno perfecto, pero, por más que lo intentaba, de la leche no pasaba.

Mentira. Hubo un día que conseguí introducir la fruta, pero también unas cuantas arcadas, así que, al final, por recomendación de mi madre, que no quería verme sufrir, opté por mentir, consciente de que la insistencia de mi profesor nunca terminaría. Yo, cada mañana, me tomaba una taza de leche, una rebanada de pan con aceite de oliva virgen extra y una pieza de fruta.

La cuestión es que este mismo profesor, al que poco cariño le guardo, tenía un carácter bastante malo, porque no hacía otra cosa que gritarnos e «insultarnos». Su insulto favorito era «manada de babiecas». En su momento, tuve que preguntarles a mis padres qué significaba, porque no lo entendía, pero sabía que no podía ser nada bueno.

Mi outfit deportivo para subir una montaña durante 40 minutos

Nos gritaba cada vez que nos salía mal un ejercicio, y a mí, que era muy patoso, me salían mal con bastante frecuencia, así que me gritaba todo el tiempo, sobre todo cuanto teníamos que ir botando balones encima de un banco sin que se cayese la pelota –ese ejercicio no tenía sentido-. Cómo no iba a odiar el ejercicio, si vivía con el trauma de los gritos. Que cada vez que tenía clase de Educación Física me entraban ganas de vomitar porque no podía con los nervios. ¡Qué infancia era ésa! Ninguna.

Pero encontré una solución. Porque, como he comentado en alguna ocasión, nací con escoliosis, por lo que, a menudo, utilizaba esta excusa para librarme de dar clases, especialmente cuando teníamos que hacer la voltereta. «Oye, J.R., hoy no puedo dar la clase, que estoy con dolores de espalda». Evidentemente, nunca aprendí a hacerla. Pero, no sé, ¿de qué me iba a servir en mi día a día saber hacer la voltereta? Hay cosas que nunca llegaré a entender. Eso sí, recuerdo que, un día, utilicé la excusa y justo tocaba día libre de juegos. Estuve toda la clase sentado viendo cómo todos eran felices mientras jugaban. Una pena enorme.

¡Pero no todo es tristeza! En el instituto, la situación mejoró. Comenzaron a llegar nuevas actividades que no se me daban nada mal: bicicleta, lucha canaria -risas las justas y necesarias, por favor-, Batuka, balonmano… Y, además, exámenes escritos, con lo que mi media no se vio afectada pese a ser un bonito desastre de la naturaleza. Todo en orden.

Yo, en 2012, aproximándome a la vida activa

Nunca me ha gustado hacer ejercicio, no, así que, durante años, tras acabar primero de bachiller, me dediqué a la vida contemplativa. Corría para ir a la cocina cuando mis padres me llamaban para comer o cuando, ya en Madrid, el metro estaba a punto de irse en mi cara. De resto, la vida era horizontal; poco gym y mucho ñam, como dicen por ahí. Hasta el año pasado.

Un día, en un acto de valentía, temerario en este mundo, hice la promesa de que, cuando comenzase a engordar sin freno, me apuntaría en el gimnasio. Por aquel entonces, la idea me parecía aceptable. Pero llegó ese temido momento y, el año pasado, después de años con el ejercicio fuera de mi vida, me vi obligado a volver.

(En forma de secreto, debo confesar que intenté ir al gimnasio en 2012, en 2013 y en 2015. En la primera ocasión, duré un día; en la segunda, tres meses, pero pisé el gimnasio cuatro veces –de verdad, las agujetas me mataban-; la tercera, y no fue la vencida, dos semanas)

Hace cuatro meses, en octubre, me apunté en el gimnasio gracias a una oferta maravillosa. Si prometía que iría durante un año, pagaría una cuota reducida cada mes, y a partir de febrero. «¡Los tres primeros meses gratis! ¡Qué locura! ¡Qué bien voy a aprovecharlos!», pensé. La realidad fue muy distinta.

Algo así me imaginaba yo en el gimnasio, pero no

Empecé a ir en noviembre, un solo día -porque me fui de viaje y, luego, me puse bastante malo con la gripe y sentía que no podía con la vida-. En diciembre, ni siquiera lo intenté, porque era época navideña y, entre las comidas y fiestas y cualquier excusa que sea buena, no era rentable. En enero, con el año nuevo, con nuevos objetivos, con un sinfín de posibilidades, volvería más fuerte que nunca.

Sorprendentemente, así ha sido. Mi madre todavía no se lo cree, porque, por más que confíe en mí en todo lo que hago, el gimnasio y la dieta no son mi punto fuerte. Pero sí.  Llevo cuatro semanas a dieta y estoy yendo al gimnasio –más o menos-, así que me siento realizado. ¿Es esto madurar, vida?

Por ello, porque, por primera vez en mi vida, me lo he tomado en serio, querría darle las gracias a quienes lo merecen: a Ariana Grande, por hacerme sentir que podría estar horas y horas en la bicicleta; a ese señor que se sienta a mi lado y, Grindr en mano, comienza a concertar citas para tener sexo esporádico con chicos jóvenes; a esos dos hombres que, en el vestuario, completamente desnudos, se abrazaron porque llevaban tiempo sin verse -¡una fiesta erótico-festiva!-; a mi amiga Lucía, igual de vaga y amante de la comida que yo, por ayudarme en la creencia de que ir al gimnasio es una necesidad imperante.

¿Mi referente? ¡Múscules!

Yo sólo espero que este sufrimiento interno, que no reflejo porque quiero ser feliz, merezca la pena. Mi único consuelo ahora mismo es pensar en la evolución de Hércules. Si él pudo, yo también.

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Mi experiencia en el gimnasio
24/01/17 Cuentos chinos # , , , ,

Todo lo que necesitas saber de mí y no sabes

Me llamo Gabriel García Hernández, aunque hace años tomé la decisión de convertirme en Gabriel Garcher. Resulta que, antes que yo, había nacido Gabriel García Márquez, escritor; uno muy bueno. Y yo, que era un don nadie —y lo sigo siendo—, estaba harto de eso de «anda, se parece mucho a Gabriel García Márquez». ¡Y todavía no había publicado ni un solo libro!

Porque quiero publicarlo. Sí, quiero ser escritor, aunque no siempre ha sido así. Hubo un tiempo en que soñaba con ser un gran matemático. Por eso, me inscribí en el bachillerato de Ciencias Tecnológicas, pero, dos años más tarde, entregaría la solicitud para estudiar Periodismo y Comunicación Audiovisual… y aquí sigo, en mi último año de carrera.

Pero no dejemos atrás las matemáticas, ¡que me vuelven loco! En tercero de la E.S.O., me realizaron unas pruebas que, meses después, confirmarían que soy superdotado, y que poseo tres talentos: matemático, creativo y verbal. Luego, a la hora de entablar una conversación, no sé casi ni pronunciar, pero es a causa de mi timidez, aunque, realmente, no soy tímido. Porque no soy extrovertido ni introvertido; soy algo que hay en medio y a lo que, a día de hoy, no le he encontrado nombre. Quizás pueda inventar una palabra. Eso me lleva a lo siguiente.

Recomendación: «Tus faltas de ortografía hacen llorar al niño Dios» (SOPAPO)

Soy un maniático de la ortografía. Resulto hasta pedante, pero no puedo evitarlo. Lo cierto es que mi obsesión tiene un nombre: Síndrome de Pedantería Gramatical. No es algo que me haya inventado, no. Existe y está ahí. Hay información muy útil en Internet sobre ello. Debido a esta manía-obsesión, la gente tiende a pensar que soy bastante serio cuando de contacto virtual se refiere, como si estuviese todo el día con cara de acelga, enfadado, apático; serio. Pero… no. O sí. Soy bastante serio, pero también desenfadado; una vez más, el punto medio.

Se me olvidaba. Soy superdotado —lo repito porque es relevante para lo que viene a continuación, no por que quiera alardear de ello, que no es que me sirva de mucho—, y creo que es por dos motivos: soy zurdo y, además, nací tras 10 meses de gestación, por lo que defiendo que mi cerebro tuvo más tiempo para desarrollarse. Y mi cabeza, que soy bastante cabezón, en ambos sentidos. Eso sí, es posible que sea una de las personas más inútiles que conozca; al menos, en el día a día. Y no lo digo yo, que también, sino todo mi entorno. «Ay, el superdotado…». «¿Y tú eres superdotado?». «¿A ti quién te hizo las pruebas de superdotado?». «Serás superdotado para los estudios, porque para otra cosa…».

Pero, vaya, que no me molesta. Ya estoy acostumbrado. Sé que he dado motivos para que la gente lo piense. Por ejemplo, de pequeño me bebí un vaso de pintura porque creía que era leche. Años más tarde, utilicé una freidora eléctrica sin saber que lo era, así que la puse sobre el fuego, como si no fuese conmigo. Tengo asumido que soy así.

Yo, entusiasmado ante la vida

Esta característica combina a la perfección con otros aspectos de mi persona. Soy, entre otras cosas, muy patoso. He estado a punto de morir unas cuatro veces, todas en el mar o en la piscina, por lo que odio con todas mis fuerzas los juegos en el agua. Yo prefiero la tranquilidad, descansar como una ameba en su hogar. Lo normal.

Sí, soy bastante miedoso. Entre mis fobias, se incluyen los reptiles, la oscuridad y las alturas. El vértigo me ha hecho llorar en más de una ocasión. Aunque ya he aprendido a superarlo, más o menos, gracias a los aviones. Porque, puede que no lo haya dicho, pero soy canario y vivo en Madrid, por lo que, a la fuerza, no me ha quedado otra.

Creo que tantos miedos surgen porque odio la idea de saber que un día voy a morir y, posiblemente, el mundo continúe. Es el ciclo de la vida, que lo envuelve todo, pero no puedo evitar que me entre ansiedad cuando pienso en ello. Ahora mismo me está pasando.

Siempre me pasa, sobre todo, porque tengo la sensación de que moriré al cumplir los 35 años, atragantado mientras como. Mi teoría se sostiene en dos pilares: mi intuición, que no suele fallarme, y mi forma de comer: muy rápida, como nunca habrás visto a nadie. También en el hecho de que, según mi médico, tengo el historial de un anciano: reflujo, escoliosis, mononucleosis, Síndrome de Gilbert —se me sube la bilirrubina y no hay persona que no me cante—, herpes zóster, hernia genital… Supongo que tendré que esperar unos cuantos años para saber si me equivoco o no.

Esa misma sensación de ansiedad me entra cada vez que veo Titanic, mi película favorita junto a Moulin Rouge y Cisne negro, pero nace del hecho de pensar, no sólo en la muerte, sino en la idea de querer compartir tu vida con una persona y que, de repente, ya no esté. Me pone bastante triste. Mucho.

Digan lo que digan, Rose NO cabía en la tabla

También es cierto que soy demasiado romántico. Mi compañera de piso, Marta, dice que, según una teoría queer, soy un homosexual demirromántico, que viene a ser que sólo experimento atracción romántica después de haber establecido una conexión emocional con otra persona. Algo así. Lo de gay ya lo sabía, porque me di cuenta con 16 años, pero lo otro es totalmente nuevo para mí. Pero me gusta.

Hablando de romanticismo, me encantaría casarme y tener dos hijos. Si es niña, me gustan Martina o Daniela; si es niño, Gael o Garoe. Pero para eso tengo que encontrar al amor de mi vida, si es que existe. Una vez, me dijeron que era el claro ejemplo de Taylor Swift española: todos llegaban y nunca se quedaban. La única diferencia es que ella compone canciones; yo escribo poemas.

Y, poema a poema, he conseguido escribir un libro, El chico de los limones (que se pudran las medias naranjas), una clara biografía sobre mi vida amorosa de los últimos años. Próximamente, con suerte, saldrá a la venta gracias a una beca que he ganado y de la que ya hablé en el capítulo anterior.

Por lo pronto, esto es todo lo que necesitas saber sobre mí, aunque, en el fondo, no es ni un 10% de toda mi persona. Pero, para eso, tenemos todo el tiempo del mundo. Al menos, hasta que cumpla los 35 años.

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Todo lo que necesitas saber de mí y no sabes
02/12/16 Cuentos chinos # , ,

Kevin, el niño que no fue

Mis padres siempre quisieron tener dos hijos: un niño y una niña. Tras un aborto natural y la llegada de la primera alegría de la casa, de nombre Verónica, recibieron, cuatro años después, la noticia de que mi madre, que había nacido con un don especial para serlo, estaba, otra vez, embarazada.

No sabían con qué les iba a sorprender la vida, pero hubo algo que tuvieron claro desde el primer momento: niño o niña, querrían y cuidarían al bebé que estaba en camino como lo habían hecho con su primera hija.

Pero se dio. Pasaron los meses y, emocionados, pudieron descubrir que el nuevo miembro de la familia era un niño. Sus deseos se habían cumplido: un niño se iba a unir a su pequeña Verónica para ampliar la familia que, con esfuerzo, habían construido.

Con la llegada del parto cada vez más cerca, empezó el quebradero de cabeza: qué nombre iba a tener el niño. Debía ser un nombre que convenciese a los tres, porque mi hermana, con tan sólo cuatro años, había comenzado a mostrar los primeros síntomas de ser de carácter fuerte, heredado de mi padre. El tiempo lo confirmaría.

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Omar Moisés. Ésa fue la apuesta de mi padre desde un primer momento. No había detrás de su decisión una tradición familiar que mantener que justificase su, con perdón, mal gusto. Quería que su hijo se llamase Omar Moisés, y no había otra opción.

Mi madre y mi hermana, sin embargo, discrepaban. A la primera no le gustaba, mientras que la segunda tenía claro cuál debía ser el nombre de su hermano: Kevin. Kevin, como Kevin Costner, como Kevin Spacey, como cualquier personaje célebre cuyo nombre de pila sea Kevin. Kevin.

Y así fue. Mis padres hicieron caso a Verónica y, de esta forma, pasé a llamarme Kevin durante el resto del embarazo y hasta mi mismo nacimiento. Kevin, nacido un 27 de junio de 1994 en Las Palmas de Gran Canaria, con la consiguiente alegría de mi hermana, que no pudo evitar escribir, a sus cuatro años, una carta a mi madre y a su recién nacido hermano.

img006Sin embargo, poco duraría el remitente de esa carta, porque, poco después, antes de sellar mi nombre en el Registro Civil, mi madre tuvo la suerte, con perdón, una vez más, de conocer a un maravilloso doctor que la había atendido durante el postparto. Su nombre era Gabriel. «Me gusta mucho su nombre», dijo mi madre. Y, en ese momento, supo que su hijo debía llamarse Gabriel, con significado «fuerza». De Dios, pero mi ateísmo me lleva a obviar la segunda parte.

Al llegar a casa por primera vez, siendo una nueva persona, en muchos sentidos, mi hermana recibió la triste noticia de que Kevin ya no existía; al menos, no con ese nombre.

Su respuesta, como era de esperar, fueron lágrimas y gritos. ¿Cómo era posible que llevase meses creyendo que su hermano era Kevin y, de pronto, resultaba ser Gabriel? La astucia de mi madre encontró respuesta a su pregunta: «Los médicos nos han dicho que tiene que llamarse Gabriel». Y, así, Kevin comenzó a ser una anécdota que había pasado sin pena ni gloria por sus vidas. Ahora, quien importaba era Gabriel.

Ésta es la historia sobre mí; al menos, el comienzo. La historia sobre cómo un bebé de tres días dejó de ser quienes todos creían que era para empezar su vida de otra forma. Lo que nadie sabía en ese entonces es que esta misma historia se repetiría muchos años después.

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