febrero 1, 2017

Mi experiencia en el gimnasio

Mi experiencia en el gimnasio

No me gusta hacer ejercicio. Nunca me ha gustado. De pequeño, mi padre me decía que correr era de cobardes, y yo qué iba a hacer, salvo seguir su consejo. A él, evidentemente, tampoco le gusta, pero sí que se mueve más que yo. Aunque no es difícil, porque entre el movimiento de una planta y el mío poca diferencia hay, pero ya es algo.

Mi aversión por la vida activa comenzó en el colegio. Mi profesor de Educación Física, cuyo nombre no diré por respeto, nos preguntaba cada mañana qué habíamos desayunado. Para él, sólo existía una opción correcta: taza de leche, una rebanada de pan con aceite de oliva virgen extra –no le valía cualquier otro aceite- y una pieza de fruta. Yo, que por aquel entonces era poca cosa, intentaba lograr ese desayuno perfecto, pero, por más que lo intentaba, de la leche no pasaba.

Mentira. Hubo un día que conseguí introducir la fruta, pero también unas cuantas arcadas, así que, al final, por recomendación de mi madre, que no quería verme sufrir, opté por mentir, consciente de que la insistencia de mi profesor nunca terminaría. Yo, cada mañana, me tomaba una taza de leche, una rebanada de pan con aceite de oliva virgen extra y una pieza de fruta.

La cuestión es que este mismo profesor, al que poco cariño le guardo, tenía un carácter bastante malo, porque no hacía otra cosa que gritarnos e «insultarnos». Su insulto favorito era «manada de babiecas». En su momento, tuve que preguntarles a mis padres qué significaba, porque no lo entendía, pero sabía que no podía ser nada bueno.

Mi outfit deportivo para subir una montaña durante 40 minutos

Nos gritaba cada vez que nos salía mal un ejercicio, y a mí, que era muy patoso, me salían mal con bastante frecuencia, así que me gritaba todo el tiempo, sobre todo cuanto teníamos que ir botando balones encima de un banco sin que se cayese la pelota –ese ejercicio no tenía sentido-. Cómo no iba a odiar el ejercicio, si vivía con el trauma de los gritos. Que cada vez que tenía clase de Educación Física me entraban ganas de vomitar porque no podía con los nervios. ¡Qué infancia era ésa! Ninguna.

Pero encontré una solución. Porque, como he comentado en alguna ocasión, nací con escoliosis, por lo que, a menudo, utilizaba esta excusa para librarme de dar clases, especialmente cuando teníamos que hacer la voltereta. «Oye, J.R., hoy no puedo dar la clase, que estoy con dolores de espalda». Evidentemente, nunca aprendí a hacerla. Pero, no sé, ¿de qué me iba a servir en mi día a día saber hacer la voltereta? Hay cosas que nunca llegaré a entender. Eso sí, recuerdo que, un día, utilicé la excusa y justo tocaba día libre de juegos. Estuve toda la clase sentado viendo cómo todos eran felices mientras jugaban. Una pena enorme.

¡Pero no todo es tristeza! En el instituto, la situación mejoró. Comenzaron a llegar nuevas actividades que no se me daban nada mal: bicicleta, lucha canaria -risas las justas y necesarias, por favor-, Batuka, balonmano… Y, además, exámenes escritos, con lo que mi media no se vio afectada pese a ser un bonito desastre de la naturaleza. Todo en orden.

Yo, en 2012, aproximándome a la vida activa

Nunca me ha gustado hacer ejercicio, no, así que, durante años, tras acabar primero de bachiller, me dediqué a la vida contemplativa. Corría para ir a la cocina cuando mis padres me llamaban para comer o cuando, ya en Madrid, el metro estaba a punto de irse en mi cara. De resto, la vida era horizontal; poco gym y mucho ñam, como dicen por ahí. Hasta el año pasado.

Un día, en un acto de valentía, temerario en este mundo, hice la promesa de que, cuando comenzase a engordar sin freno, me apuntaría en el gimnasio. Por aquel entonces, la idea me parecía aceptable. Pero llegó ese temido momento y, el año pasado, después de años con el ejercicio fuera de mi vida, me vi obligado a volver.

(En forma de secreto, debo confesar que intenté ir al gimnasio en 2012, en 2013 y en 2015. En la primera ocasión, duré un día; en la segunda, tres meses, pero pisé el gimnasio cuatro veces –de verdad, las agujetas me mataban-; la tercera, y no fue la vencida, dos semanas)

Hace cuatro meses, en octubre, me apunté en el gimnasio gracias a una oferta maravillosa. Si prometía que iría durante un año, pagaría una cuota reducida cada mes, y a partir de febrero. «¡Los tres primeros meses gratis! ¡Qué locura! ¡Qué bien voy a aprovecharlos!», pensé. La realidad fue muy distinta.

Algo así me imaginaba yo en el gimnasio, pero no

Empecé a ir en noviembre, un solo día -porque me fui de viaje y, luego, me puse bastante malo con la gripe y sentía que no podía con la vida-. En diciembre, ni siquiera lo intenté, porque era época navideña y, entre las comidas y fiestas y cualquier excusa que sea buena, no era rentable. En enero, con el año nuevo, con nuevos objetivos, con un sinfín de posibilidades, volvería más fuerte que nunca.

Sorprendentemente, así ha sido. Mi madre todavía no se lo cree, porque, por más que confíe en mí en todo lo que hago, el gimnasio y la dieta no son mi punto fuerte. Pero sí.  Llevo cuatro semanas a dieta y estoy yendo al gimnasio –más o menos-, así que me siento realizado. ¿Es esto madurar, vida?

Por ello, porque, por primera vez en mi vida, me lo he tomado en serio, querría darle las gracias a quienes lo merecen: a Ariana Grande, por hacerme sentir que podría estar horas y horas en la bicicleta; a ese señor que se sienta a mi lado y, Grindr en mano, comienza a concertar citas para tener sexo esporádico con chicos jóvenes; a esos dos hombres que, en el vestuario, completamente desnudos, se abrazaron porque llevaban tiempo sin verse -¡una fiesta erótico-festiva!-; a mi amiga Lucía, igual de vaga y amante de la comida que yo, por ayudarme en la creencia de que ir al gimnasio es una necesidad imperante.

¿Mi referente? ¡Múscules!

Yo sólo espero que este sufrimiento interno, que no reflejo porque quiero ser feliz, merezca la pena. Mi único consuelo ahora mismo es pensar en la evolución de Hércules. Si él pudo, yo también.

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