enero 24, 2017

Todo lo que necesitas saber de mí y no sabes

Todo lo que necesitas saber de mí y no sabes

Me llamo Gabriel García Hernández, aunque hace años tomé la decisión de convertirme en Gabriel Garcher. Resulta que, antes que yo, había nacido Gabriel García Márquez, escritor; uno muy bueno. Y yo, que era un don nadie —y lo sigo siendo—, estaba harto de eso de «anda, se parece mucho a Gabriel García Márquez». ¡Y todavía no había publicado ni un solo libro!

Porque quiero publicarlo. Sí, quiero ser escritor, aunque no siempre ha sido así. Hubo un tiempo en que soñaba con ser un gran matemático. Por eso, me inscribí en el bachillerato de Ciencias Tecnológicas, pero, dos años más tarde, entregaría la solicitud para estudiar Periodismo y Comunicación Audiovisual… y aquí sigo, en mi último año de carrera.

Pero no dejemos atrás las matemáticas, ¡que me vuelven loco! En tercero de la E.S.O., me realizaron unas pruebas que, meses después, confirmarían que soy superdotado, y que poseo tres talentos: matemático, creativo y verbal. Luego, a la hora de entablar una conversación, no sé casi ni pronunciar, pero es a causa de mi timidez, aunque, realmente, no soy tímido. Porque no soy extrovertido ni introvertido; soy algo que hay en medio y a lo que, a día de hoy, no le he encontrado nombre. Quizás pueda inventar una palabra. Eso me lleva a lo siguiente.

Recomendación: «Tus faltas de ortografía hacen llorar al niño Dios» (SOPAPO)

Soy un maniático de la ortografía. Resulto hasta pedante, pero no puedo evitarlo. Lo cierto es que mi obsesión tiene un nombre: Síndrome de Pedantería Gramatical. No es algo que me haya inventado, no. Existe y está ahí. Hay información muy útil en Internet sobre ello. Debido a esta manía-obsesión, la gente tiende a pensar que soy bastante serio cuando de contacto virtual se refiere, como si estuviese todo el día con cara de acelga, enfadado, apático; serio. Pero… no. O sí. Soy bastante serio, pero también desenfadado; una vez más, el punto medio.

Se me olvidaba. Soy superdotado —lo repito porque es relevante para lo que viene a continuación, no por que quiera alardear de ello, que no es que me sirva de mucho—, y creo que es por dos motivos: soy zurdo y, además, nací tras 10 meses de gestación, por lo que defiendo que mi cerebro tuvo más tiempo para desarrollarse. Y mi cabeza, que soy bastante cabezón, en ambos sentidos. Eso sí, es posible que sea una de las personas más inútiles que conozca; al menos, en el día a día. Y no lo digo yo, que también, sino todo mi entorno. «Ay, el superdotado…». «¿Y tú eres superdotado?». «¿A ti quién te hizo las pruebas de superdotado?». «Serás superdotado para los estudios, porque para otra cosa…».

Pero, vaya, que no me molesta. Ya estoy acostumbrado. Sé que he dado motivos para que la gente lo piense. Por ejemplo, de pequeño me bebí un vaso de pintura porque creía que era leche. Años más tarde, utilicé una freidora eléctrica sin saber que lo era, así que la puse sobre el fuego, como si no fuese conmigo. Tengo asumido que soy así.

Yo, entusiasmado ante la vida

Esta característica combina a la perfección con otros aspectos de mi persona. Soy, entre otras cosas, muy patoso. He estado a punto de morir unas cuatro veces, todas en el mar o en la piscina, por lo que odio con todas mis fuerzas los juegos en el agua. Yo prefiero la tranquilidad, descansar como una ameba en su hogar. Lo normal.

Sí, soy bastante miedoso. Entre mis fobias, se incluyen los reptiles, la oscuridad y las alturas. El vértigo me ha hecho llorar en más de una ocasión. Aunque ya he aprendido a superarlo, más o menos, gracias a los aviones. Porque, puede que no lo haya dicho, pero soy canario y vivo en Madrid, por lo que, a la fuerza, no me ha quedado otra.

Creo que tantos miedos surgen porque odio la idea de saber que un día voy a morir y, posiblemente, el mundo continúe. Es el ciclo de la vida, que lo envuelve todo, pero no puedo evitar que me entre ansiedad cuando pienso en ello. Ahora mismo me está pasando.

Siempre me pasa, sobre todo, porque tengo la sensación de que moriré al cumplir los 35 años, atragantado mientras como. Mi teoría se sostiene en dos pilares: mi intuición, que no suele fallarme, y mi forma de comer: muy rápida, como nunca habrás visto a nadie. También en el hecho de que, según mi médico, tengo el historial de un anciano: reflujo, escoliosis, mononucleosis, Síndrome de Gilbert —se me sube la bilirrubina y no hay persona que no me cante—, herpes zóster, hernia genital… Supongo que tendré que esperar unos cuantos años para saber si me equivoco o no.

Esa misma sensación de ansiedad me entra cada vez que veo Titanic, mi película favorita junto a Moulin Rouge y Cisne negro, pero nace del hecho de pensar, no sólo en la muerte, sino en la idea de querer compartir tu vida con una persona y que, de repente, ya no esté. Me pone bastante triste. Mucho.

Digan lo que digan, Rose NO cabía en la tabla

También es cierto que soy demasiado romántico. Mi compañera de piso, Marta, dice que, según una teoría queer, soy un homosexual demirromántico, que viene a ser que sólo experimento atracción romántica después de haber establecido una conexión emocional con otra persona. Algo así. Lo de gay ya lo sabía, porque me di cuenta con 16 años, pero lo otro es totalmente nuevo para mí. Pero me gusta.

Hablando de romanticismo, me encantaría casarme y tener dos hijos. Si es niña, me gustan Martina o Daniela; si es niño, Gael o Garoe. Pero para eso tengo que encontrar al amor de mi vida, si es que existe. Una vez, me dijeron que era el claro ejemplo de Taylor Swift española: todos llegaban y nunca se quedaban. La única diferencia es que ella compone canciones; yo escribo poemas.

Y, poema a poema, he conseguido escribir un libro, El chico de los limones (que se pudran las medias naranjas), una clara biografía sobre mi vida amorosa de los últimos años. Próximamente, con suerte, saldrá a la venta gracias a una beca que he ganado y de la que ya hablé en el capítulo anterior.

Por lo pronto, esto es todo lo que necesitas saber sobre mí, aunque, en el fondo, no es ni un 10% de toda mi persona. Pero, para eso, tenemos todo el tiempo del mundo. Al menos, hasta que cumpla los 35 años.

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