diciembre 2, 2016

Kevin, el niño que no fue

Kevin, el niño que no fue

Mis padres siempre quisieron tener dos hijos: un niño y una niña. Tras un aborto natural y la llegada de la primera alegría de la casa, de nombre Verónica, recibieron, cuatro años después, la noticia de que mi madre, que había nacido con un don especial para serlo, estaba, otra vez, embarazada.

No sabían con qué les iba a sorprender la vida, pero hubo algo que tuvieron claro desde el primer momento: niño o niña, querrían y cuidarían al bebé que estaba en camino como lo habían hecho con su primera hija.

Pero se dio. Pasaron los meses y, emocionados, pudieron descubrir que el nuevo miembro de la familia era un niño. Sus deseos se habían cumplido: un niño se iba a unir a su pequeña Verónica para ampliar la familia que, con esfuerzo, habían construido.

Con la llegada del parto cada vez más cerca, empezó el quebradero de cabeza: qué nombre iba a tener el niño. Debía ser un nombre que convenciese a los tres, porque mi hermana, con tan sólo cuatro años, había comenzado a mostrar los primeros síntomas de ser de carácter fuerte, heredado de mi padre. El tiempo lo confirmaría.

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Omar Moisés. Ésa fue la apuesta de mi padre desde un primer momento. No había detrás de su decisión una tradición familiar que mantener que justificase su, con perdón, mal gusto. Quería que su hijo se llamase Omar Moisés, y no había otra opción.

Mi madre y mi hermana, sin embargo, discrepaban. A la primera no le gustaba, mientras que la segunda tenía claro cuál debía ser el nombre de su hermano: Kevin. Kevin, como Kevin Costner, como Kevin Spacey, como cualquier personaje célebre cuyo nombre de pila sea Kevin. Kevin.

Y así fue. Mis padres hicieron caso a Verónica y, de esta forma, pasé a llamarme Kevin durante el resto del embarazo y hasta mi mismo nacimiento. Kevin, nacido un 27 de junio de 1994 en Las Palmas de Gran Canaria, con la consiguiente alegría de mi hermana, que no pudo evitar escribir, a sus cuatro años, una carta a mi madre y a su recién nacido hermano.

img006Sin embargo, poco duraría el remitente de esa carta, porque, poco después, antes de sellar mi nombre en el Registro Civil, mi madre tuvo la suerte, con perdón, una vez más, de conocer a un maravilloso doctor que la había atendido durante el postparto. Su nombre era Gabriel. «Me gusta mucho su nombre», dijo mi madre. Y, en ese momento, supo que su hijo debía llamarse Gabriel, con significado «fuerza». De Dios, pero mi ateísmo me lleva a obviar la segunda parte.

Al llegar a casa por primera vez, siendo una nueva persona, en muchos sentidos, mi hermana recibió la triste noticia de que Kevin ya no existía; al menos, no con ese nombre.

Su respuesta, como era de esperar, fueron lágrimas y gritos. ¿Cómo era posible que llevase meses creyendo que su hermano era Kevin y, de pronto, resultaba ser Gabriel? La astucia de mi madre encontró respuesta a su pregunta: «Los médicos nos han dicho que tiene que llamarse Gabriel». Y, así, Kevin comenzó a ser una anécdota que había pasado sin pena ni gloria por sus vidas. Ahora, quien importaba era Gabriel.

Ésta es la historia sobre mí; al menos, el comienzo. La historia sobre cómo un bebé de tres días dejó de ser quienes todos creían que era para empezar su vida de otra forma. Lo que nadie sabía en ese entonces es que esta misma historia se repetiría muchos años después.

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2 thoughts on “Kevin, el niño que no fue

  1. Elina dice:

    Buena tu historia! Pregunta; las fotos son reales o a manera de ilustración?

    1. Gabriel Garcher dice:

      ¡Hola, Elina! La carta es el documento original, así como las fotos, sacadas, en su momento, con una cámara analógica y, años después, digitalizadas. ¡Gracias por comentar!

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